No en esta vida.

Justo recuerdo la vez que perdí lo único en lo que sigo pensando después de tantos años y ese no es mi pésame. Lo que sí lo es, es haber perdido tantas veces.

Únicos en su significado, sin duda alguna; hay lugares, personas y momentos que se adhieren a nuestra piel, alma y corazón y por más que pase el tiempo y los años, nunca se van. Así es como determino el impacto y la marca que dejan en esos pequeños universos que formamos a partir de una risa, una canción, un recuerdo, un corazón. 

Sé que he perdido muchas cosas y que con el pasar de los años, he aprendido que lo que se pierde trae una lección. Pero, hay un par de cosas que nunca quise perder, nunca quise encontrarle sentido, nunca quise justificar esas pérdidas con “Todo pasa por algo”. Y me duele, de verdad, ¡Cómo duele!. Porque fui dueña de un sol que me iluminó, me calentó y me reveló una fuerza cósmica que se impregnó en lo más profundo de mi alma. 

Tengo la certeza de que tuve oportunidades para alimentar esa luz que me proveía el sol, sin embargo, me encontraba en la misma oscuridad que hoy ya no existe. Pero, aún así en la oscuridad más profunda, me encontraba abrigada por una piel que enternecía mi propio caos. Le echo la culpa a la casualidad, sí, a esa misma. 

Increíblemente, la división está más que clara, pues se estableció a partir de metales, uniones y juramentos. Y esa fue la misma garantía que un día le ofrecimos a la constelación más cercana.

Nunca se olvida lo que alimenta la energía que se lleva por dentro, así como tampoco se olvida la melodía que unía un par de cuerdas flojas. Puede que se olvide ese compás, pero las letras aún están guardadas en cartas de amor. A su vez, espero encontrar ese camino como la casualidad que se empeñó en esto y así poder escuchar los versos que sé que están escondidos y prometer una vez más, la unión más allá de la oscuridad.



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