Cartas a Bou: Carta 2.
Noviembre, 2011.
“Hace seis meses que murió mi madre. Estuviste para mí en todo momento desde aquél día que te sentaste a mi lado en el tren y me dijiste “Hola”. Te convertiste en mi mejor amigo, en mi hermano y mi compañía mas fiel durante todo ese tiempo. ¿Quién se iba a imaginar que te convertirías en una de las personas más importantes en mi vida tan insípida? Aún no sé la razón por la cuál me brindaste tu amistad y no me atrevo a preguntarte el porqué.
Empezamos a cuidar el uno del otro, como dos hermanos que se quieren y se aprecian, compartíamos nuestros gustos musicales, me defendías de todos y siempre me sacabas una sonrisa así fuera el día más oscuro. Pudiste conocer una parte de mí que no sabía que existía, así concluyo que sacaste lo mejor de mí. Pasaron los meses, ya no era aquella niña que se asustaba y salía corriendo. Me convertí en una mujer fuerte, valiente, confiada y segura de si misma y todo eso me lo enseñaste tu sin haberte dado cuenta.
Te di la oportunidad de conocer a mi madre antes de que ella falleciera, te quería un montón. En una ocasión me dijo que le encantaría que en algún momento tu y yo fuéramos una pareja, le dije que era absurdo pensar en eso porque te consideraba como el hermano que nunca tuve, además, tu jamás te fijarías en mi de esa manera. Alguien tan maravilloso y bueno no puede estar con una desdichada como yo. Así que callé los pensamientos de mi madre y a su vez, silencié los míos.
No volví a pensar en eso tan absurdo que dijo mi madre, hasta aquél día que viajábamos en tren y tus amigos comenzaron a ser más molestos de lo que ya son. Empezaron con sus comentarios descabellados y pude notar como te sonrojabas, hasta el punto que te levantaste del asiento y les exclamaste que nunca podrías estar conmigo porque era como tu hermana pequeña. No pude evitar sentir vergüenza, así como la humillación conoció lo insensato. Claro, ¿Cómo alguien como yo podría ser merecedora de alguien como tu?
Después de eso, pude notar como te distanciabas de mi, ya no hablábamos como antes, ya no compartíamos asiento y no entendía lo que había hecho mal. Noté más tu ausencia cuando me sobraba un auricular y empecé a verme sola de nuevo, lo cual pude llevar bien porque si algo aprendí de ti fue que la soledad era buena cuando no se estaba con las personas correctas.
Para mi sorpresa, empezaste a salir con una chica de otro curso. Morena, cabello negro y brillante, una piel tan perfecta que no necesitaba una gota de maquillaje, una silueta de admirar y claro, era una chica carismática que todos amaban. Era una artista nata, siempre participaba en las obras de teatro, en las actividades extra curriculares y era la líder del equipo de danza además de ser la mejor de su clase. Esa era el tipo ideal de chicas que le dije a mi madre que solo eran partícipe de un privilegio como el estar contigo.
Y no quiero que me malinterpretes, estaba feliz por ti. Hasta que te un día te vi discutiendo con ella y tu sonrisa empezó a apagarse poco a poco. Te volviste gruñón, te alejaste de tus amigos, discutías en todos los rincones del instituto, te aislaste por completo del mundo. Así que decidí enfrentarte, y recuerdo que así lo hice. No supiste qué hacer con tanto y huiste. Fue la primer huida de tantas que se venían…”

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