Cartas a Bou: Carta 1.

 Mayo, 2011.

“Hoy me miraste por más de un minuto mientras viajábamos en tren. Según tu amigo, ‘te parezco tierna’, cosa que nunca he considerado serlo puesto que siempre llevo el mismo abrigo, el mismo peinado y la misma cara con granos en ella. Ya no sé si es que te gusta burlarte de mi o si piensas que soy como una pequeña hermanita a la puedes molestar ya que, tu estás más grande en edad y yo simplemente soy ‘esa’ la que te quita la mirada y se sonroja cada vez que me descubres viéndote reír con tu mejor amigo.

En tu curso hay cada personaje que me provoca ganas de vomitar, como por ejemplo, tu amigo el que se cree ‘sport’ y no sabe diferenciar entre un balón de fútbol y su propia cabeza. O el ‘risitas’ que lo único que hace es incomodar a todas las demás chicas a su alrededor. Pero ninguno como ‘dientes de lata’ que parece haber salido de “Matemáticas para Tontos”. El único que se salva un poco es tu amigo más cercano, he oído que tiene buen gusto musical y nunca lo he visto actuando como cerebrito uno, dos y tres. Por eso es que no te puedo tomar en serio cuando dices que parezco una chica tierna, porque tus amigos están acostumbrados a andar con boberías. Además, como lo dije, soy una lagartija escuálida que se sumerge en las historietas porque no sabe cómo interactuar con las personas. Es un mal de familia debo decir en mi defensa.

El otro día estaba sentada en el banco largo que se encuentra en el pasillo A1 y sí, ya sé, ahí es donde todos los perdedores se refugian en los periodos libres o en los recesos, pero es ahí donde me siento cómoda y segura de que ningún chico de curso mayor llegue a jalarme el cabello o a decirme lo insípida que soy. Mientras jugaba enrollando los auriculares de mi reproductor de música con una mano y sosteniendo “Carrie” de Stephen King con la otra mano, pude notar como dos ojos color castaño me miraban con curiosidad. Alcé la mirada y eras tu. Abogando con ternura una vez más lo linda que me veía. No pude evitar quitar la mirada y gritar por dentro, deseaba que me tragara la tierra y me dejara tirada en el país de la vergüenza. Evité tener contacto contigo el resto del día, incluso esperé el siguiente tren que partía una hora después. No podía entender cómo alguien podía empeñarse tanto en humillar y molestar a una persona. Lloré todo el camino de regreso a casa.

Nunca habíamos tenido un contacto cercano ni habías cruzado una sola palabra conmigo, era inaudito pensar en que un chico tan apreciado por todos en el instituto podía acercarse a una ‘nadie’ como yo. ¿Qué sentido tendría?

Hasta que te vi acercándote en dirección hacia mi asiento en el vagón del tren y me dijiste ‘Hola’.




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